sábado, 27 de enero de 2018

Y ahora, ¿qué vamos a hacer?

Hoy hace ocho años que murió Salinger. Tardé una semana y dos días en enterarme del desastre. Me lo dijo un amigo al que no sabía (o, al menos, no recordaba) que le gustara mi admirado J.D. "Y ahora que Salinger ha muerto, ¿qué vamos a hacer?" "¡¿Que Salinger ha muerto?!", sin tener muy claro qué me asombraba más, si el fallecimiento de uno de mis autores favoritos o que mi amigo pudiera experimentar un desamparo idéntico al que yo sentía en ese aciago momento.
 
Me leí "The catcher in the rye" obligada y no, no es que sea una moderna a la que le encanta presumir de inglés, sino que me lo leí así, en su versión original, como lectura obligatoria de la Escuela Oficial de Idiomas de mi pueblo. No tenía ni idea de qué iba, pero no tardé mucho en darme cuenta de que se iba a convertir en uno de mis libros de cabecera. Aunque no se trató sólo de eso. Me enamoré de Holden Caulfield. No en sentido figurado, sino literal y es muy posible que, si a día de hoy sigo soltera, sea porque nunca he conocido a nadie ni remotamente parecido a él (algunas buscan al príncipe azul, otras aspiramos a algo mucho más difícil de encontrar).
 
Años después, otro amigo distinto al que hacía referencia al comienzo de este escrito, me dijo que había estudios que defendían que los fans de "El guardián entre el centeno" somos unos psicópatas. Le contesté que eso había oído, pero pensé que los auténticos psicópatas son todos aquéllos a los que esta maravillosa novela deja indiferentes.
 
Un tiempo después vi este increíble documental, que trataba de dilucidar las razones que llevaron a Salinger a alejarse del mundanal ruido, rechazando las luces de unos focos que nunca había buscado, y a pasarse el resto de su vida escribiendo obras que aún no han visto la luz. Supuestamente, el neoyorquino consideraba que el mundo aún no estaba preparado para asimilar sus escritos, si bien dejó instrucciones para publicar sus trabajos inéditos entre 2015 y 2020. Aún estoy esperando. ¿Es cierto o se trata tan sólo de un truco publicitario de Salerno? No tengo ni idea, pero es hermoso pensar que existe realmente ese legado y que, algún día, todos los psicópatas del mundo podremos disfrutar de él.
 
Pero, incluso aunque así sea, la pregunta volverá a surgir en el futuro, cuando ya no quede ni una sola palabra de Salinger oculta entre las sombras, cuando ya sepamos todo lo que podamos llegar a saber sobre Holden y la familia de cristal, cuando se apague el eco de la leyenda y sólo podamos alimentarnos de datos contrastados: "Y ahora, ¿qué vamos a hacer?"

sábado, 13 de enero de 2018

Lobas

Hace unos meses me reía yo mucho con la campaña de "Fiestas libres de violencias machistas". Sé de sobra que el tema subyacente resulta lo suficientemente serio como para no realizar bromas al respecto, pero siempre me ha parecido imposible resistirme a la jocosidad del esperpento y es que la loable intención de evitar atentados contra la libertad sexual de las madrileñas acabó derivando en aquel hilarante trabalenguas de "No es no y si no hay sí también es no" que acompañaba a una serie de vídeos que parecían equiparar al violador con el típico plasta de discoteca al que es imposible ahuyentar sin ser un poco borde. Curiosamente, en ésta y otras muchas campañas similares se habla siempre de hombres que acosan a mujeres, sin que quede nunca muy claro si es que el caso contrario es imposible que se dé en la práctica o si es que la libertad sexual masculina no es digna de protección social (afortunadamente, aunque no de forma paritaria, el Derecho aún otorga cierto amparo a los descendientes de Adán).
Luego vino el escándalo de Harvey Weinstein con su consiguiente caza de brujas (ríete tú del amigo McCarthy). Tanto se ha escrito sobre el tema que poco puedo yo aportar, salvo una gran pregunta que seguramente alguien habrá ya formulado antes que yo: ¿Qué sería de los Harvey Weinstein del mundo si sus víctimas antepusieran su integridad sexual a su carrera artística? Más aún, ¿realmente tiene un solo hombre la capacidad de arruinar la carrera profesional de una mujer? ¿Decirle que no o incluso demandar a ese cerdo abocaba siempre y en todo caso al ostracismo más total y absoluto o simplemente sembraba de piedras el camino o incluso te obligaba a escalar montañas? Creo que todos los que el año pasado disfrutamos de la maravillosa "Trumbo" tenemos bastante claro que en Hollywood siempre hay hueco para el talento, aunque no estar dispuesto a pasar por el aro de los poderosos pueda hacer que sea otro nombre el que escuches desde casa cuando ganes un Oscar. Sí, ser fiel a ti mismo, la mayor parte de las veces, suele conllevar un precio excesivamente alto y ahí es donde entra en juego el valor que cada uno otorgamos a nuestra dignidad. En cualquier caso, al que sí que parece que le han jodido la carrera es a Kevin Spacey (viva la presunción de inocencia, por cierto). Si Arthur Miller levantara la cabeza...
 
Y llegó diciembre y con él esta escalofriante noticia. Efectivamente, el país que siempre he considerado adalid de la libertad y la modernidad parece a punto de sucumbir al chiste del "Si no hay sí también es no". Sí, han leído bien, porque sólo así puede calificarse a la frasecita de marras. Parece ser que el consentimiento tácito ya no es, o al menos puede no llegar a ser, suficiente. Soy rara, lo sé, pero siempre he considerado que si un hombre besa a una mujer y ésta no lo aparta significa que quiere que siga besándola; pero algunos iluminados parecen disentir, lo que puede llevarnos al extremo ridículo de convertir las relaciones sexuales en una continua sucesión de preguntas y respuestas: ¿Quiere usted que la bese? Sí. ¿Así o de otra forma? Así está bien, gracias. ¿Puedo acariciarle el pecho izquierdo? Sí, por favor. ¿Y pellizcarle el pezón? Sí, pero con suavidad, si aprieta demasiado lo estaría haciendo en contra de mi voluntad y podría denunciarlo por agresión sexual. ¿Dantesco? En realidad no tan distante del acuerdo de relación firmado entre Sheldon Cooper y Amy Farrah Fowler, aunque no sé si la vida sexual de dicha pareja entra en la categoría de envidiable.
 
Pero esta semana se ha producido un interesante a la par que inesperado giro de acontecimientos con la decisión de cien artistas e intelectuales francesas de firmar un manifiesto contra el "puritanismo" sexual , donde aparecen afirmaciones tan sensatas como “La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, “El feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena” o "Propio del puritanismo utilizar, en nombre del supuesto bien general, los argumentos de la protección de las mujeres y de su emancipación para encajarlas mejor en un estatus de eternas víctimas, de pobrecitas bajo la influencia de demonios falócratas, como en los viejos tiempos de la brujería". Aunque los ataques a esta iniciativa del país vecino no se han hecho esperar reconforta saber que aún hay gente que gradúa y que no mete en el mismo saco al criminal y al pesado, personas que comprenden que la realidad está plagada de grises y que la sobreprotección no es más que otra forma de ataque; pero, sobre todo, tranquiliza comprobar que no todos están dispuestos a aceptar el credo del radicalismo más vociferante.
 
Aunque puede que lo mejor que haya leído hasta la fecha sobre toda esta locura colectiva lo haya escrito Jorge Bustos hoy en esta maravillosa columna, que, imagino, indignará a todas las que reniegan de Patricia Highsmith por osar escribir esta obra maestra. Y es que, parafraseando a Plauto y a Hobbes, la mujer es una loba para la mujer; lo que nos debería llevar a replantearnos de quién necesitamos realmente protegernos. Ya lo dice el jefe de opinión de El Mundo: "La mujer que no se enrola en el movimiento, o la que incurre en el pecado laico del faccionalismo apellidando su feminismo de igualitario o liberal, es atacada con la saña que merece el obrero que vota a la derecha".
 
Y ahora, quemadoras de sujetadores, devoradme.

Y ahora, ¿qué vamos a hacer?

Hoy hace ocho años que murió Salinger. Tardé una semana y dos días en enterarme del desastre. Me lo dijo un amigo al que no sabía (o, al me...